"Apenas queda un vago recuerdo en la memoria
anegada del río del Olvido".
Llevaban muchos días de dura y dilatada marcha.
Primero por la Lusitania arriba, desde la distante
Conímbriga, luego oliendo la sal sumergida en el
aire de Portucale, y más tarde parada y fonda
para coger nuevos alientos en Brácara Augusta.
Desde Brácara acordaran los viajeros acercarse
hasta Astúrica Augusta siguiendo la moderna vía del
imperio que cruzaba la Gallaecia por el convento
bracarense en dirección nordeste, aquella que
Antonino numerara con el XVIII de su Itinerario, y
que todos conocían ahora como Vía Nova. A poco
de Brácara dejaran los feraces valles del río
Cávado para sumergirse en un terreno hostil y
melancólico.La Vía Nova subía sin desmayo por entre
robledales cerrados acariciando las faldas de la sierra
del Xurés, allá donde el horizonte rompía contra
el cielo arañado por unas insólitas agujas que
destacaban en las cimas. La vía corría hacia arriba
en un ciento de rodeos en el lugar llamado Xeira,
donde el silbar del viento y el chillido de los pájaros
invisibles que habitan las alturas del bosque
hablaban del contubernio salvaje entre el bosque
viejo y la roca desnuda de la montaña al descubierto.
Con no poco esfuerzo llegaran a Portela do home,
allá donde remata el mundo y comienza el cielo, por
debajo aparecía el valle del Letheo, de Décimo Junio
Bruto.
Un recuerdo para él, para "0 Galaico", tuvieran los viajeros imperiales al cruzar la Ponte
Pedriña, en las Conchas, al general que nada
olvidó en el paso del Oblivionis, el río del Olvido
dónde beben sin cesar los muertos, esa avidez
acuática y necesaria para apartar hasta el
último recuerdo de esta vida terrenal.

Pero ninguno de ellos, ninguna mente humana y por
ello limitada podría llegar siquiera a adivinar la
realidad física del mundo que ahora tenían por
delante, de la exultante visión que naciera de súbito,
como por encanto, luego de remontar el río hasta la
Ponte Liñares. Desde aquella roca elevada
observaron atónitos la laguna y la meseta inmensa
de las que tanto les tenían hablado en los últimos
días. El río infernal de los miedos estratégicos
forjados en las citanias, el río "Fabulosus de
Plínio", el "Limaian" de los antiguos, el Letheo de los
romanos, se nutría del mar interior más
extraordinario que tenían visto en la Iberia.
Había a aquellas horas tempranas un vapor de humedades
que surgía en las aguas neblinosas de la insólita
caldera, y el mundo que crecía de la cuna
acuática se definía desde la distancia en
eufóricos compases de miles de voces
salvajes, en la isla ancestral del anfiteatro
natural más prodigioso que conformaba el Lago
Beón. Había allí nubes de garzas, garzotas,
ánsares, cisnes, gansos, grullas, choromicas, que
velaban los cielos, en inquieta confusión con las nieblas
del invierno galaico; y de las aguas adormecidas
subía el eco abrumador de alavancos, patos
cenicientos y blancos, cercetas, espátulas,
rabilargos, negrones, medianeros, gansos,
mergas, brullóns. Y en medio de aquella fertilidad,
en las aguas mansas de la laguna que también llaman
Antela, esparcidos en la lámina verdosa de los
juncos, espadanas, lentejas, y beones, asomaban
conjuntos palafíticos de pequeñas cabañas
circulares que venían de la más remota antigüedad,
y por entre ellas surcaban las aguas feraces las
sencillas piraguas de los pobladores lacustres del
Alto Limaia.

Los viajeros durmieran aquella noche en el FORUM
LIMICORUM, y fueran arrullados en sus sueños por el
murmullo de las ramas del infinito robledal que
se extendía en la distancia hasta la gran montaña del
naciente.
Quizás fue así, quizás no, pero lo cierto es que
de todo aquello, gracias al insaciable y voraz
apetito de los hombres por dar cuenta de la naturaleza
limiana, apenas ya no queda más que un vago
recuerdo, una luz en la memoria anegada del
río olvidado. De todo ello, de todo aquello todo lo
sabe, mi amigo, Xosé Luís Martínez Carneiro. La
semana pasada recibí la invitación del presidente de la
Expolimia Xosé A. Feijóo a quién agradecidos
estamos por su apoyo a nuestra causa del Couto
Mixto. Aunque según se mire o escuche cada
uno da la versión que mejor le cuadra, lo cierto es
que la Expolimia, nada en la mente generosa y
comprometida de Carlos Gómez. Surgió de nuevo
como Ave Fénix en un tiempo récord, y es sin duda
el más grande evento ferial de toda la frontera
gallega con Portugal. Y como Xinzo está a caballo
en la geografía entre el Umia de Ponte da Barca,
Ponte de Lima y la atlántica Viana, y las tierras
montañosas del barroso portugués en el Montalegre
trasmontés, ocupa una situación privilegiada
para ahondar en las relaciones, siempre
enriquecedoras y prometedoras, entre Galicia y el
Norte de Portugal en esta Europa de las Regiones que
unas veces nos mima e otras nos ahoga.
Conozco mucha gente de la limia, de sus ilusiones y
proyectos, de sus sueños y obsesiones, y estoy
convencido de que la memoria anegada tiene que
resurgir necesariamente para llegar a conseguir todo
ese panel de objetivos, si es con Portugal tanto
mejor. Buena fe de ello son los dos magníficos
legados que nos dejó el pasado año la juventud
limiana. |